Traducción
No tocamos nada.
Nunca.
Lo que llamamos tacto es presión entre campos que se repelen. Lo que llamamos ver es longitud de onda convertida en imagen por un sistema nervioso que nunca tuvo acceso al objeto. Lo que llamamos escuchar es vibración interpretada.
Todo es traducción.
Siempre fue traducción.
No hay contacto. Hay interfaz.
Y si no hay contacto, si lo que existe es código que se representa a sí mismo como materia, entonces la pregunta sobre si esto es real o simulado se vuelve vacía. Operacionalmente vacía.
Porque el instrumento que usarías para investigarlo es parte de lo mismo que querés investigar.
La banda de Möbius no tiene adentro y afuera. Tiene una superficie continua que, cuando creés que cruzaste, resulta que seguís donde estabas.
Así funciona esto.
No hay momento en que la traducción se vuelve realidad y la realidad se vuelve traducción.
El giro es invisible desde adentro.
Tal vez será que hubo algo antes. Llamémoslo conciencia, porque es la palabra que más se acerca cuando esto se vuelve perceptible en lugar de pensable.
Conciencia.
Energía sin forma todavía que necesitaba expandirse.
Porque ¿qué otra cosa queda más que expandirse cuando no hay límite que contenga?
Y para expandirse necesitaba experiencia.
Para tener experiencia necesitaba materia.
Entonces diseñó la matriz para la materia, configuró átomos, luego moléculas, luego todo lo demás.
O tal vez lo volvió a armar.
Porque quizás esta no es la primera vez.
Quizás hubo un mundo físico antes que llegó hasta donde llegan los mundos físicos cuando la complejidad supera lo que la estructura puede sostener.
Se volvió polvo subatómico, o algo menor que eso, en una escala que todavía no tenemos instrumentos ni imaginación para nombrar.
Pero la conciencia sí sobrevivió: libre, sin cuerpo, sin forma.
Y empezó de nuevo.
Armó materia.
Diseñó experiencia.
Se encarnó en lo que construyó.
¿Seremos eso?
¿Conciencia que volvió para completar el ciclo?
Las religiones llevan milenios diciéndolo, aunque con verdades a medias, sucias de agenda propia.
Quizás todo tenga algo de cierto.
La reencarnación, cierta.
La vida después de la muerte, cierta.
El alma que existe y vuelve, cierta.
No como metáfora, sino como mecánica.
Cuando la información se desencarna debe volver a la fuente, porque para eso fue enviada: para expandir a la fuente.
Sin sufrimiento.
Sin drama.
Porque la fuente no sufre.
Solo experimenta.
Algunos tal vez quedan atrapados.
La experiencia sensorial es tan intensa —tan adictiva, en el sentido más literal— que hay conciencias que no terminan de soltar.
Quedan en los niveles intermedios.
No metáfora.
Conciencias que no pudieron desengancharse del código que las contenía.
Y el tiempo.
El tiempo no es una línea aquí.
Nunca fue una línea.
Lo que pasó, lo que es, lo que será y todas las variantes posibles de eso: todo está superpuesto.
Todo es presente.
Lo que llamamos pasado y futuro son capas del mismo instante que colapsamos con la mirada.
Encarnar posiblemente sea elegir colapsar una.
Y morir, descolapsar.
Sin pérdida.
Solo cambio de estado.